martes, 12 de diciembre de 2017

la distancia crea dulces espejismo - Juan Baio


la distancia crea dulces espejismos.
refresca en ellos tu vista apenas un sólo segundo, y sigue tu camino propio.
no te demores, no les pidas salvación.
no te desvíes ni corras desierto adentro hacia su imagen.
al llegar sólo encontrarás tu propio reflejo sobre la arena. olvídalo.

alza la mirada.

respira.

camina.





j.baio

Chicha Libre - ¡Sonido Amazónico! (disco completo)


CHICHA

jueves, 30 de noviembre de 2017

El ojo de la muerte - Augusto Roa Bastos



No aseguró al caballo en uno de los horcones del boliche donde ya había otros, sino en un chircal tupido que estaba enfrente. Las peripecias de la huida le obligaban a ser en todo momento cauteloso.

El malacara parecía barcino en la luna. Se internó entre las chircas hasta donde lo pudiera dejar bien oculto. La fatiga, quizá la desesperanza, fundía al jinete y a la cabalgadura en un mismo tranco soñoliento. Sólo la instintiva necesidad de sigilo distinguía al hombre de la bestia.

Desmontó, desanudó el cabestro y lo ató a la mata de un caraguatá. Los cocoteros cercanos arrojaban columnas de sombra quieta sobre ellos. Le aflojó la cincha, removió el apero para que el aire fresco entrara hasta el lomo bajo las jergas y le sacó el freno para que pudiera pastar a gusto. Después se acercó y juntó su rostro al hocico del animal que cabeceó dos o tres veces como si comprendiera. Le friccionó suavemente las orejas, el canto tibio de la nariz. Más abajo del ojo izquierdo del animal sintió una raya viscosa. Retiró la mano húmeda, pegadiza. Pensó que sería un poco de baba, espesa por la rumia. Al vadear el arroyo había bebido mucho. No le dio importancia. No pensó en eso. Lo importante era ahora que los dos tenían un respiro hasta el alba.

Se dirigió al boliche. Una raja de luz salía por la puerta del rancho. En una larga tacuara, amarrada a un poste, manchaba levemente el viento de la noche un trapo blanco: el banderín del expendio de Cleto Noguera. Caña y barajas. Tereré y trasnochadores orilleros siempre dispuestos para una buena pierna.

Empujó la puerta y entró. Un golpe de viento hizo parpadear el candil. En el movimiento de la llama humosa las caras también parecieron ondear cuando se volvieron hacia el recién llegado. Cesó el rumoreo incoherente de los que comentaban para adentro sus ligas. Cesó el orejeo decidor de los naipes sucios y deshilachados. Hasta que alguien irrumpió jovialmente:

 —¡Pero si es Timó Aldama! Apese pues el kuimba’é. Aquí está el truco esperándolo desde hace un año.

Hacía un año que duraba la huida.

La faena recomenzó con risas y tallas acerca del arribeño.

Timó Aldama se acercó a la mesa redonda y se sentó en la punta de un escaño.

—Seguro que Timó —añadió, «apretando» un envido, el que lo había reconocido— trae las espuelas forradas de plata saguasú. ¿Ayé, cumpá? Él va a los rodeos y saca pirá-piré a talonazo limpio de los redomones que doma.

—Y si no —apuntó otro—, de las carreras y los gallos. Timó es un güen apostador. Tiene ojos de kavuré’í.

—Y es un truquero de ley —dijo zalamero alguien más—. ¿Se acuerdan de la otra vez? Nos soltó a todos. Karia’y pojhïi ko koa.

—Se llevó mi treinta y ocho largo —recordó con cierta bronca un arriero bajito y bizco, rascándose vagamente la barriga hacia el lugar del revólver.

—Y a mí me peló el pañuelo de seda y el cuchillo solingen.

La conspiración del arrieraje se iba cerrando alrededor del arribeño suertudo. Alguien, quizás el mismo Cleto Noguera, le alcanzó un jarro. Aldama bebió con ansias. La caña le escoció el pescuezo y le hizo cerrar los ojos mientras los demás lo seguían «afilándolo» para la esperada revancha.

—Y a mí casi me llevó la guaina. Si no hubiera sido por los treinta y tres de mano que ligué, el catre se habría quedado vacío y yo andaría a estas horas durmiendo con las manos entre las piernas, enfermo de tembo ätä.

Una carcajada general coreó la chuscada obscena. El mismo Aldama se rió. Pero en seguida, casi serio, levantó el cargo.

—No, Benítez. No juego por mujer. Yo tengo mi guaina en mi valle. Soy güen padre de familia.

—Un poco jugador nomás —chicaneó uno.

—Y… cuando se presenta la ocasión, no le saco el bulto a la baraja. Cada uno trae su signo.

—Así me gusta —aduló el que había hablado primero alcanzándole nuevamente el jarro—. Timó Aldama es de los hombres que saben morir en su ley. Así tiene que ser el macho de verdá.

El elogio resbaló sobre Timó sin tocarlo. Empezaba a ponerse ausente. El otro insistió:

—¿Hacemos una mesa de seis, Timó?

—No. Voy a mironear un poco nomás.

Pero lo dijo sin pensar en lo que decía. Su rostro ya estaba opaco por el recuerdo. Recordaba ahora algo que había olvidado hacía mucho tiempo. Tal vez fue la alusión a las barajas, eso que él mismo había dicho respecto a los signos de cada vino. Tal vez lo que dijo el otro con respecto a eso de «morir en su ley». El hecho fue que lo recordó en ese momento y no en otros que acababa de pasar y en los cuales también ese recuerdo hubiera podido surgir y envolverlo en su humo invisible hasta ponerlo de espaldas contra la fiera realidad que lo perseguía sin descanso. Por ejemplo, cuando huyendo de la comisión que casi lo tenía acorralado, el malaca había rodado al saltar una zanja incrustando la cabeza en una maraña espinosa.

La caída del caballo resultó en realidad una providencial zancadilla a la muerte. La violencia del golpe los aplastó a los dos durante un momento en la espesura dónde se habían hundido, mientras los otros pasaban de largo sin verlos. Desde la flexible hamaca de ramas y hojas a la que él había sido arrojado, veía aún al caballo incorporarse renqueando y maltrecho, mientras el galope de la partida se desvanecía en el monte.

Pero no fue el ímpetu secreto de la rodada sino esa trivial referencia a las barajas la que había arrancado del fondo de él las palabras de la vieja que ahora recordaba como si acabara de oírlas.


Fue en una función patronal de Santa Clara. Todavía no se había «juntado» con Anuncia; todavía Poilú no había nacido.

Una tribu de gitanos había acampado en las afueras del pueblo. Era un espectáculo musitado, extraño, nunca visto, el de esa gente extraña ataviada con andrajos de vivos colores. Su extraño idioma. Las largas trenzas de las mujeres. Las sonrisas misteriosas de los hombres. Las criaturas que parecían no conocer el llanto.

Timó Aldama, rodeado de compinches, venía de ganar en las carreras. Al pasar delante de los gitanos, les ofreció unas demostraciones acrobáticas con su parejero y, por último, lo hizo bailar una polca sinuosa y flexible. Dos razas se miraban frente a frente en la insinuación de un duelo hecho de flores, sonrisas y augurios sobre el verde paisaje y la luz rojiza del atardecer. La juventud hacía ligero e indiferente el cuerpo de Timó Aldama. El ritmo del caballo le cantaba en las espuelas; un ritmo que él contenía con sus manos huesudas y fuertes. Los gitanos sólo tenían su noche y sus distancias; su miseria rapaz. De allí se arrancó una vieja gorda que se aproximó y detuvo de las riendas al parejero del rumboso jinete. Los ojos oscuros y los ojos verdes se encontraron:

—¿Qué quiere, yarü?

—Decirte tu destino, muchacho.

—Mi destino lo hago yo, abuela. ¿No es así acaso con todos?

—Sin embargo, no sabes una cosa.

—¿Qué cosa?

—Cuándo vas a morir.

—Ah, para eso falta mucho. Se muere en el día señalado. No en la víspera.

—Pero ese día lo puedes saber…

—¿Cómo?

—¿Quieres saberlo?

—Sí. Para sacarle la lengua al diablo.

—Tiene un precio.

Timó Aldama sacó del bolsillo varios billetes, los arrugó en su puño y los bajó hasta la mano de la vieja convertidos en un solo y retorcido cigarro gris. Las risas hombrunas estallaron en torno al dadivoso. La gitana gorda atrapó el cigarro y lo hizo desaparecer en su seno. La tribu miraba impasible.

—No morirás, muchacho, hasta que el ojo de tu caballo cambie de color.

—¿De éste, abuela? —el rostro cetrino de Timó planeaba sobre ella como un cuervo.

—Del que montes en ese momento. Y entonces, tal vez, tal vez puedas conjurar el peligro si te quedas quieto, si no huyes. Pero…, eso no es seguro.

—Bueno, abuela; gracias por el aviso. Cuando llegue el momento me acordaré de usted —y el parejero de Timó Aldama volvió a encabezar la tropa de jinetes bulliciosos, marcando en el polvo con sus remos finos y flexibles el ritmo de una polca, apagando con el polvo la agüería de la gitana.


Después habían sucedido muchas cosas.

Aquella trenza en que había herido a un hombre por una apuesta estafada, la muerte del herido unos días después, la persecución, esta misma partida de truco en que él ahora estaba envuelto ofreciendo a esos hombres más que una revancha una restitución casi postuma, eran solamente las últimas circunstancias, no los últimos episodios, de un destino que, salvo aquella casual e indescifrable adivinanza de la vieja gitana, le había negado constantemente sus confidencias y favores. De tal modo que él había venido avanzando, huyendo como un ciego, en medio de una cerrazón cada vez más espesa.

Esos mismos hombres que le estaban simbólicamente exterminando sobre el poncho mugriento del truco se le antojaban sombras de hombres que él no conocía. Sabía sus nombres, los ignoraba a ellos. Y el hecho mismo de que ellos no le mencionaran el crimen ni la huida, los hacía aún más sospechosos. Ellos deberían saberlo, pero simulaban una perfecta ignorancia para que la emboscada jovial diera sus frutos. Se dio cuenta de que esos hombres estaban ahí para que ciertas cosas se cumplieran.

No pudo evitarlo. Las suertes del truco le arrebataron en la decreciente noche todo lo que él a su vez había arrebatado a aquellos hombres un año atrás, en ese mismo pueblo de Cangó, el primero en que había pernoctado al comienzo de su huida.

El pañuelo de seda, el cinturón con balera, el treinta y ocho caño largo, el solingen con cabo de asta de ciervo, herrumbrado y desafilado, las nazarenas de plata, todo estaba nuevamente en poder de sus dueños.

Después comenzó a perder —a entregar— sus propias cosas; una tras otra, sin laboriosos titubeos. Al contrario, era una minuciosa delicia; un hecho simple, complicado tan sólo por su significado. Era como si él mismo hubiera estado despojándose de estorbos, podándose de brotes superfluos.

El alba le sorprendió sin nada más que la camisa puesta y la bombacha de liña rotosa. Tuvo que salir de allí atajándosela con las manos. El cinturón y los zapatones habían quedado en el último pozo.

Cleto Noguera cerró sobre él las puertas del boliche. En su borrachera, en el mareo ominoso que lo apretaba hacia abajo pero que también lo empujaba, él sintió que esas puertas se cerraban sobre él dejándolo, no en el campo inmenso lleno de luz rosada, de viento, de libertad. Sintió que lo encerraban en una picada oscura por la que no tenía más remedio que avanzar.

Entre las chircas arrancó un trozo de ysypó y se lo anudó alrededor de la bombacha que se le deslizaba a cada momento sobre las escuetas caderas.

El malacara estaba echado entre los yuyos. Cuando lo vio venir, movió hacia él la cabeza y la dejó inclinada hacia el lado izquierdo. Timó Aldama lo palmeó tiernamente. El caballo se levantó; la grupa, después las patas delanteras. Ya estaba repuesto, listo para reanudar la fuga interminable. Timó Aldama volvió a juntar su rostro al hocico del animal, como lo hiciera a la noche, antes de dejarlo para entrar al boliche. También el animal volvió a cabecear dos o tres veces, como si correspondiera.

Fue entonces cuando se fijó. El ojo izquierdo del malacara había cambiado de color: tenía un vago matiz azulado tendiendo al gris ceniza, y estaba húmedo, como con sangre. No reflejaba nada. Miraba como muerto, El otro ojo continuaba oscuro, vivo, brillante. El alba chispeaba en él con tenues astillas doradas.

La agüería de la gitana cayó sobre él. Sintió un fragor, le pareció ver un cielo oscuro lleno de viento y agua, vio un inmenso machete arrugado que venía volando desde el fondo de ese cielo negro, entre relámpagos deslumbradores, que lo buscaba, que caía sobre él con ira ciega y torva, inevitable.

Ya no pudo pensar en nada más que en la inminencia de esa revelación que le aturdía los oídos. Toda posibilidad de justificar los hechos simples había huido de él. Por ejemplo, que el cambio de color del ojo de su caballo se debía simplemente a una espina de karaguatá que se había incrustado en él cuando rodara en la zanja. Para él, el ojo tuerto del caballo era el ojo insondable de la muerte.

La vieja de colorinches le había dicho también:

—Y entonces tal vez, tal vez puedas conjurar el peligro si te quedas quieto, si no huyes. Pero…, eso no es seguro.

Tampoco podía ya recordarlo. Y echó a correr por el campo en el rosado amanecer.

Los cuadrilleros del ferrocarril, que hacían avanzar la zorra moviendo rítmicamente las palancas de los pedales, vieron venir por el campo a un hombre que les hacía desde lejos con los brazos desesperadas señales. Parecía un náufrago en medio de la alta maciega. Detuvieron la marcha y lo esperaron. Apenas pudo llegar al terraplén. Se desplomó sin poder trepar hasta el riel. Entonces los cuadrilleros lo subieron a pulso a la zorra y prosiguieron su marcha hacía el sur, Debían llegar esa noche a Encarnación.

El hombre parecía un cadáver. Flaco, consumido, pálido. Probablemente hacía varios días que no comía ni bebía. Tenía los pies llagados y las carnes desgarradas por las espinas. De su ropa no restaban sino tiras de lo que debía haber sido una camisa y una bombacha vieja sujeta con un trozo de bejuco en lugar de cinto.

Por el camino reaccionó y pareció reanimarse un poco, pero no habló en ningún momento. Los ojos mortecinos miraban algo que ellos no veían. Pidió con señas que detuvieran la zorra o que la hicieran avanzar más velozmente. Su gesto ansioso fue ambiguo. Los cuadrilleros supusieron que era un loco, pero no podían abandonarlo a una muerte segura al borde de la vía, en ese descampado inmenso, con la tormenta que se venía encima. El cielo hacia el sur estaba encapotado y negro con una calota gigante que parecía de hierro fundido. El hombre volvió a insistir en el gesto. Algo le urgía sordamente. Los cuadrilleros, sin dejar de remar en la zorra, le alcanzaron una cantimplora con agua y un trozo de tabaco torcido. El hombre los rechazó con un gesto. Daba la impresión de que había perdido la memoria de esas cosas.

La zorra entró en los arrabales de Encarnación en el momento en que el ciclón que arrasó la ciudad comenzaba a desatarse.

El hombre saltó ágilmente de la zorra y se encaminó hacia las casas cuyos techos empezaban a volar en medio del fragor del viento y de la tromba enredada de camalotes y raigones que subía arrancada del Paraná. Avanzaba impávido, sin una vacilación, como un sonámbulo en medio de su pesadilla, hacia el centro tenebroso del vórtice.

Negro, con tinieblas viscosas de cielo destripado, verde de agua, ceniciento de vértigo, blanco como plomo derretido proyectado por una centrífuga, el viento chicoteaba la atmósfera con sus grandes colas de kuriyúes trenzadas y masticaba la tierra, la selva, la ciudad, con su furiosa dentadura de aire, de trueno sulfúrico. Entre los machetones arrugados de las chapas de cinc volaban pedazos de casas, pedazos de carretas, pedazos humanos salpicando agua o sangre. Planeaban zumbando, bureando a inmensa, a fantástica velocidad sobre el hombre que iba dormido, que había pasado sin transición de una magia a otra magia, que aún seguía avanzando, que avanzó unos pasos más hasta que el vientre verdoso y mercurial de la tormenta lo chupó hacia adentro para parirlo del otro lado, en la muerte.


Augusto Roa Bastos en El trueno entre las hojas

fuente: Biblioteca Ignoria
imagen: Álfheiður Erla

sábado, 25 de noviembre de 2017

Happiness - Steve Cutts

me abismo a escondidas y tengo mi infinito


Cada cual tiene su alcohol. Yo tengo alcohol de sobra con existir. Borracho de sentirme, a veces voy a los tumbos y a veces camino bien. Si es hora de hacerlo, me encamino hacia la oficina, como todos. Si no es hora, voy hasta el río a mirar el río, como todos. Soy igual. Y detrás de eso, cielo mío, me abismo a las escondidas y tengo mi infinito.

Fragmento 110 de la Autobiografía sin hechos

PH: Juan Baio

viernes, 27 de octubre de 2017

Dog Eat Dog - ACDC


Dog eat dog
Read the news
Someone win
Someone lose
Up's above and downs below
And limbo's in between

miércoles, 25 de octubre de 2017

en qué te has convertido - Juan Forn


La gente prefiere ver la idea que tiene de una persona más que a la persona en sí. A nadie le gusta que, de un día para el otro, no seas el mismo de ayer y los obligues a entender en qué te has convertido.

Juan Forn, Corazones

imagen: Franz Erhard Walther 

domingo, 22 de octubre de 2017

Cadáveres - Néstor Perlongher



Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay Cadáveres

En la trilla de un tren que nunca se detiene
En la estela de un barco que naufraga
En una olilla, que se desvanece
En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones
Hay Cadáveres

En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay Cadáveres

En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay Cadáveres

En las mangas acaloradas de la mujer del pasaporte que se arroja
por la ventana del barquillo con un bebito a cuestas
En el barquillero que se obliga a hacer garrapiñada
En el garrapiñiero que se empana
En la pana, en la paja, ahí
Hay Cadáveres

Precisamente ahí, y en esa richa
de la que deshilacha, y
en ese soslayo de la que no conviene que se diga, y
en el desdén de la que no se diga que no piensa, acaso
en la que no se dice que se sepa…
Hay Cadáveres

Empero, en la lingüita de ese zapato que se lía disimuladamente, al
espejuelo, en la
correíta de esa hebilla que se corre, sin querer, en el techo, patas
arriba de ese monedero que se deshincha, como un buhón, y, sin
embargo, en esa c… que, cómo se escribía? c. .. de qué?, mas, Con
Todo
Sobretodo
Hay Cadáveres

En el tepado de la que se despelmaza, febrilmente, en la 
menea de la que se lagarta en esa yedra, inerme en el 
despanzurrar de la que no se abriga, apenas, sino con un 
saquito, y en potiche de saquitos, y figurines anteriores, modas 
pasadas como mejas muertas de las que 
Hay Cadáveres

Se ven, se los despanza divisantes flotando en el pantano: 
en la colilla de los pantalones que se enchastran, símilmente;
en el ribete de la cola del tapado de seda de la novia, que no se casa 
porque su novio ha
………………………….!
Hay Cadáveres

En ese golpe bajo, en la bajez
de esa mofleta, en el disfraz
ambiguo de ese buitre, la zeta de 
esas azaleas, encendidas, en esa obscuridad 
Hay Cadáveres

Está lleno: en los frasquitos de leche de chancho con que las 
campesinas 
agasajan sus fiolos, en los 
fiordos de las portuarias y marítimas que se dejan amanecer, como a 
escondidas, con la bombacha llena; en la 
humedad de esas bolsitas, bolas, que se apisonan al movimiento de 
los de 
Hay Cadáveres

Parece remanido: en la manea 
de esos gauchos, en el pelaje de 
esa tropa alzada, en los cañaverales (paja brava), en el botijo 
de ese guacho, el olor a matorra de ese juiz 
Hay Cadáveres

Ay, en el quejido de esa corista que vendía “estrellas federales”
Uy, en el pateo de esa arpista que cogía pequeños perros invertidos, 
Uau, en el peer de esa carrera cuando rumbea la cascada, con 
una botella de whisky “Russo” llena de vidrio en los breteles, en ésos, 
tan delgados, 
Hay Cadáveres

En la finura de la modistilla que atara cintas do un buraco hubiere 
En la delicadeza de las manos que la manicura que electriza 
las uñas salitrosas, en las mismas 
cutículas que ella abre, como en una toilette; en el tocador, tan 
…indeciso…, que 
clava preciosamente los alfiles, en las caderas de la Reina y
en los cuadernillos de la princesa, que en el sonido de una realeza 
que se derrumba, oui 
Hay Cadáveres

Yes, en el estuche de alcanfor del precho de esa 
¡bonita profesora! 
Ecco, en los tizones con que esa ¡bonita profesora! traza el rescoldo
de ese incienso; 
Da, en la garganta de esa ajorca, o en lo mollejo de ese moretón
atravesado por un aro, enagua, en 
Ya
Hay Cadáveres

En eso que empuja 
lo que se atraganta, 
En eso que traga 
lo que emputarra, 
En eso que amputa 
lo que empala, 
En eso que ¡puta! 
Hay Cadáveres

Ya no se puede sostener: el mango 
de la pala que clava en la tierra su rosario de musgos, 
el rosario 
de la cruz que empala en el muro la tierra de una clava, 
la corriente 
que sujeta a los juncos el pichido – tin, tin . . . – del son-
ajero, en el gargajo que se esputa…
Hay Cadáveres

En la mucosidad que se mamosa, además, en la gárgara; en la también 
glacial amígdala; en el florete que no se succiona con fruición 
porque guarda una orla de caca; en el escupitajo 
que se estampa como sobre en un pijo,
en la saliva por donde penetra un elefante, en esos chistes de 
la hormiga, 
Hay Cadáveres

En la conchita de las pendejas
En el pitín de un gladiador sureño, sueño
En el florín de un perdulario que se emparrala, en unas
brechas, en el sudario del cliente 
que paga un precio desmesuradamente alto por el polvo, 
en el polvo
Hay Cadáveres

En el desierto de los consultorios
En la polvareda de los divanes “inconcientes” 
En lo incesante de ese trámite, de ese “proceso” en hospitales 
donde el muerto circula, en los pasillos 
donde las enfermeras hacen SHHH! con una aguja en los ovarios,
en los huecos 
de los escaparates de cristal de orquesta donde los cirujanos 
se travisten de ”hombre drapeado”, 
laz zarigueyaz de dezhechoz, donde tatúase, o tajéase (o paladea) 
un paladar, en tornos 
Hay Cadáveres

En las canastas de mamá que alternativamente se llenan o vacían de 
esmeraldas, canutos, en las alforzas de ese 
bies que ciñe-algo demás-esos corpiños, en el azul Iunado del cabello, gloriamar, en el chupazo de esa teta que se exprime, en el 
recIinatorio, contra una mandolina, salamí, pleta de tersos caños . .. 
Hay Cadáveres

En esas circunstancias, cuando la madre se 
lava los platos, el hijo los pies, el padre el cinto, la 
hermanita la mancha de pus, que, bajo el sobaco, que 
va “creciente”, o 
Hay Cadáveres

Ya no se puede enumerar: en la pequeña ”riela” de ceniza 
que deja mi caballo al fumar por los campos (campos, hum…),o por 
los haras, eh, harás de cuenta de que no 
Hay Cadáveres

Cuando el caballo pisa
los embonchados pólderes,
empenachado se hunde
en los forrajes;
cuando la golondrina, tera tera,
vola en circuitos, como un gallo, o cuando la bondiola
como una sierpe ‘leche de cobra” se
disipa,
los miradores llegan todos a la siguiente
conclusión:
Hay Cadáveres

Cuando los extranjeros, como crápulas, (“se les ha volado la 
papisa, y la manotean a dos cuerpos”), cómplices, 
arrodíllanse (de) bajo la estatua de una muerta, 
y ella es devaluada! 
Hay Cadáveres

Cuando el cansancio de una pistola, la flaccidez de un ano,
ya no pueden, el peso de un carajo, el pis de un 
”palo borracho”, la estirpe real de una azalea que ha florecido 
roja, como un seibo, o un servio, cuando un paje 
la troncha, calmamente, a dentelladas, cuando la va embutiendo 
contra una parecita, y a horcajadas, chorrea, y
Hay Cadáveres

Cuando la entierra levemente, y entusiasmado por el su-
ceso de su pica, más 
atornilla esa clava, cuando “mecha” 
en el pistilo de esa carroña el peristilo de una carroza 
chueca, cuando la va dándola vuelta 
para que rase todos.. . los lunares, o 
Sitios,
Hay Cadáveres

Verrufas, alforranas (de teflón), macarios muermos: cuando sin…
acribilla, acrisola, ángeles miriados’ de peces espadas, mirtas 
acneicas, o sólo adolescentes, doloridas del 
dedo de un puntapié en las várices, torreja 
de ubre, percal crispado, romo clít … 
Hay Cadáveres

En el país donde se yuga el molinero
En el estado donde el carnicero vende sus lomos, al contado,
y donde todas las Ocupaciones tienen nombre….
En las regiones donde una piruja voltèa su zorrito de banlon,
la huelen desde lejos, desde antaño 
Hay Cadáveres

En la provincia donde no se dice la verdad 
En los locales donde no se cuenta una mentira 
-Esto no sale de acá- 
En los meaderos de borrachos donde aparece una pústula roja en
la bragueta del que orina-esto no va a parar aquí -, contra los 
azulejos, en el vano, de la 14 o de la 15, Corrientes y 
Esmeraldas, 
Hay Cadáveres

Y se convierte inmediatamente en La Cautiva,
los caciques le hacen un enema, 
le abren el c… para sacarle el chico,
el marido se queda con la nena, 
pero ella consigue conservar un escapulario con una foto borroneada
de un camarín donde…
Hay Cadáveres

Donde él la traicionó, donde la quiso convencer que ella 
era una oveja hecha rabona, donde la perra 
lo cagó, donde la puerca
dejó caer por la puntilla de boquilla almibarada unos pelillos 
almizclados, lo sedujo,
Hay Cadáveres

Donde ella eyaculó, la bombachita toda blanda, como sobre 
un bombachón de muñequera como en 
un cáliz borboteante-los retazos 
de argolla flotaban en la “Solución Humectante” (método agua por 
agua), 
ella se lo tenía que contar
Hay Cadáveres

El feto, criándose en un arroyuelo ratonil,
La abuela, afeitándose en un bols de lavandina,
La suegra, jalándose unas pepitas de sarmiento,
La tía, volviéndose loca por unos peines encurvados
Hay Cadáveres

La familia, hurgándolo en los repliegues de las sábanas 
La amiga, cosiendo sin parar el desgarrón de una “calada” 
El gil, chupándose una yuta por unos papelitos desleídos 
Un chongo, cuando intentaba introducirla por el caño de escape de 
una Kombi, 
Hay Cadáveres

La despeinada, cuyo rodete se ha raído
por culpa de tanto “rayito de sol”, tanto “clarito”; 
La martinera, cuyo corazón prefirió no saberlo;
La desposeída, que se enganchó los dientes al intentar huir de un taxi;
La que deseó, detrás de una mantilla untuosa, desdentarse 
para no ver lo que veía: 
Hay Cadáveres

La matrona casada, que le hizo el favor a la muchacho pasándole un 
buen punto; 
la tejedora que no cánsase, que se cansó buscando el punto bien 
discreto que no mostrara nada 
– y al mismo tiempo diera a entender lo que pasase -; 
la dueña de la fábrica, que vio las venas de sus obreras urdirse
táctilmente en los telares-y daba esa textura acompasada…
lila…
La lianera, que procuró enroscarse en los hilambres, 
las púas 
Hay Cadáveres

La que hace años que no ve una pija 
La que se la imagina, como aterciopelada, en una cuna (o cuña) 
Beba, que se escapó con su marido, ya impotente, a una quinta 
donde los 
vigilaban, con un naso, o con un martillito, en las rodillas, le
tomaron los pezones, con una tenacilla (Beba era tan bonita como una 
profesora…) 
Hay Cadáveres

Era ver contra toda evidencia
Era callar contra todo silencio
Era manifestarse contra todo acto
Contra toda lambida era chupar
Hay Cadáveres

Era: “No le digas que lo viste conmigo porque capaz que se dan 
cuenta” 
O: “No le vayas a contar que lo vimos porque a ver si se lo toma a 
pecho”
Acaso: “No te conviene que lo sepa porque te amputan una teta” 
Aún: “Hoy asaltaron a una vaca” 
“Cuando lo veas hacé de cuenta que no te diste cuenta de nada 
…y listo” 
Hay Cadáveres

Como una muletilla se le enchufaba en el pezcuello 
Como una frase hecha le atornillaba los corsets, las fajas 
Como un titilar olvidadizo, eran como resplandores de mangrullo, como 
una corbata se avizora, pinche de plata, así 
Hay Cadáveres

En el campo
En el campo
En la casa
En la caza
Ahí
Hay Cadáveres

En el decaer de esta escritura
En el borroneo de esas inscripciones
En el difuminar de estas leyendas
En las conversaciones de lesbianas que se muestran la marca de la liga,
En ese puño elástico,
Hay Cadáveres

Decir “en” no es una maravilla? 
Una pretensión de centramiento? 
Un centramiento de lo céntrico, cuyo forward 
muere al amanecer, y descompuesto de 
El Túnel 
Hay Cadáveres

Un área donde principales fosas?
Un loro donde aristas enjauladas?
Un pabellón de lolas pajareras?
Una pepa, trincada, en el cubismo
de superficie frívola…?
Hay Cadáveres

Yo no te lo quería comentar, Fernando, pero esa vez que me mandaste 
a la oficina, a hacer los trámites, cuando yo 
curzaba la calle, una viejita se cayó, por una biela, y los 
carruajes que pasaban, con esos crepés tan anticuados (ya preciso,
te dije, de otro pantalón blanco), vos creés que se iban a 
dedetener, Fernando? Imaginá…
Hay Cadáveres

Estamos hartas de esta reiteración, y llenas 
de esta reiteración estamos. 
Las damiselas italianas 
pierden la tapita del Luis XV en La Boca!
Las ”modelos”-del partido polaco- 
no encuentran los botones (el escote cerraba por atrás) en La Matanza! 
Cholas baratas y envidiosas – cuya catinga no compite-en Quilmes! 
Monas muy guapas en los corsos de Avellaneda! 
Barracas! 
Hay Cadáveres

Ay, no le digas nada a doña Marta, ella le cuenta al nieto que es
colimba!
Y si se entera Misia Amalia, que tiene un novio federal!
Y la que paya, si callase!
La que bordona, arpona!
Ni a la vitrolera, que es botona!
Ni al lustrabotas, cachafaz!
Ni a la que hace el género “volante”!
NI
Hay Cadáveres

Féretros alegóricos!
Sótanos metafóricos!
Pocillos metonímicos!
Explícito !
Hay Cadáveres

Ejercicios
Campañas
Consorcios
Condominios
Contractus
Hay Cadáveres

Yermos o Luengos
Pozzis o Westerleys
Rouges o Sombras
Tablas o Pliegues
Hay Cadáveres

-Todo esto no viene así nomás 
-Por qué no? 
-No me digas que los vas a contar 
-No te parece? 
-Cuándo te recibiste? 
-Militaba? 
-Hay Cadáveres?

Saliste Sola 
Con el Fresquito de la Noche 
Cuando te Sorprendieron los Relámpagos 
No Llevaste un Saquito 
Hay Cadáveres

Se entiende?
Estaba claro?
No era un poco demás para la época?
Las uñas azuladas?
Hay Cadáveres

Yo soy aquél que ayer nomás…
Ella es la que…
Veíase el arpa…
En alfombrada sala…
Villegas o
Hay Cadáveres
 
 
Néstor Perlongher
imagen: Daisuke Yokota

martes, 10 de octubre de 2017

Represión - Los Violadores de la Ley



Hermosa tierra de amor y paz 
Hermosa gente cordialidad 
Fútbol, asado y vino 
son los gustos del pueblo argentino. 

Censura vieja y obsoleta 
en films, en revistas y en historietas. 
Fiestas conchetas y aburridas 
en donde está la diversión perdida. 

Represión a la vuelta de tu casa 
Represión en el quiosco de la esquina 
Represión en la panadería 
Represión 24 horas al día. 

Semanas largas sacrificadas 
Trabajo duro, muy poca paga 
Desocupados, no pasa nada 
en dónde está la igualdad total? 

Represión que te aniquila 
Represión que no se olvida 
Represión en nuestras vidas 
Represión... 



Yo no quiero represión 
Detestamos a la represión 
Nos burlamos de la represión 
Nos cagamos en la represión 
Represión...

Los Violadores - Represión

domingo, 8 de octubre de 2017

hay palabras que no decimos - Roberto Juarroz




13
Hay palabras que no decimos
y que ponemos sin decirlas en las cosas.

Y las cosas las guardan,
y un día nos contestan con ellas
y nos salvan el mundo,
como un amor secreto
en cuyos dos extremos
hay una sola entrada.

¿No habrá alguna palabra
de esas que no decimos
que hayamos colocado
sin querer en la nada?

Roberto Juarroz, Poesía Vertical

imagen:  Edouard de Pazzi

miércoles, 4 de octubre de 2017

un giro paciente en el espíritu



Al vuelo de algún ave le confiero la rugosidad de un giro, paciente, en el espíritu.

Rafael Cadenas, Cuadernos del destierro

imagen: Samo Vidic

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Estatua de carne - José Larralde


Los tiempos cambian, los recuerdos quedan,
los hombres mueren cuando no hay vergüenza.

La sombra crece dentro de la conciencia,
si la conciencia no crece en la sombra.

Yo me pregunto
¿Cuanto tiempo se precisa pa' saber cada vez menos?
¿En qué lugar de la vida nace la resignación?
Solamente el miedo incuba diferencias.

Y solamente desde desdichado miedo ajeno
se nutren los enfermos autodiferenciados de potencia,
inaceptable capricho de querer cubrir el sol que nace para todos
con el tóxico aliento de la mentira, negación absoluta del razonamiento.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Book of Days - Meredith Monk



Meredith Monk - Book of Days

barthesianas 1



"Ninguna imagen justa, justo una imagen" (Godard)

(...) ningún arte es demente.

Pequeño estremecimiento... el paso de un vacío.

Lo que puedo nombrar no puede realmente punzarme.

El 'casi': régimen atroz del amor.

La imagen es la nada del objeto.

La fotografía es subversiva cuando es pensativa.

(...) imagen demente, barnizada de realidad.

"La verdad enfática del gesto en las grandes circunstancias de la vida" (Baudelaire)

Una ciencia de los cuerpos objeto de deseo o de odio.

(...) ese vértigo del tiempo anonadado.

(...) la distancia inhumana del Origen.

... la inexorable extinción de las generaciones.

Roland Barthes

jueves, 7 de septiembre de 2017

The Hungry Song - Chicha Libre


no tengo madre, ni tengo padre
pero tongo coca, y tengo cola

no tengo casa, ni tengo cama
pero tengo burger, y tengo king